viernes, diciembre 04, 2015

Por las tumbas de las tumbas, una historia de amor ambientada en el futuro

Publicado por La Hora del Cuento BM en la antología digital de los II Certámenes de Verano de la editorial, éste es una de mis cuentos ambientados en el futuro, el cual cuenta la historia de dos jóvenes enamorados que se conocieron en una boda celebrada en la luna.

Dice así:

Por las tumbas de la tumbas

La fiesta de la cátedra estaba llovida de trigo. Yo bailaba -merecido o no- con la más bonita el vals de la boda de los dos terráqueos autoexiliados en la luna.

Salí del ruedo a hablar con el hombre que traía la crema que oficiaría de postre. Le pagué con un casco de corcel fosilizado y seguí bailando. Afuera, como el tiempo no corría (sí en nuestros adentros), no veíamos la hora de volver a la habitación; literalmente: no la veíamos, pues los relojes eran cosa del pasado.

Abrí la puerta. Encontré otra puerta. La abrí y había un laberinto, y en el laberinto una joven desnuda y maniatada. La desaté sin hablar y nos volvimos a la boda, que estaba en la dimensión de arriba.

¡Oh; sorpresa! Mi pareja tenía una bilocación que viajaba más allá de las ropas.

-¿Y más allá de los planetas, Eva?

-Sólo si me encuentro tremendamente concentrada, y eso me costaría la vida. Sabés que cometí muchos pecados en mi nombre y que sólo vos podrías adjudicártelos en el documento de la boda… pero no es nuestra, y estoy comprometida a ser la madrina si esta pareja logra procrear en un páramo así, sin hálitos ni cafeína.

-Comprendo- le dije.

Siguió lloviendo trigo, lo cual -como muestra del dolor telepático que le transmitía mi andar tambaleante- se trocó en una harina que bañó mis dedos y los de mi niña Silva y derritió la crema. Floreció el alcohol. No me gusta. Era una trampa sin trampa.

Bebimos y bebimos hasta intoxicarnos. Alguien nos acercó un revólver. Se lo di a ella y juré en nombre de todos los demonios. Presionó el gatillo y quedé enraizado en aquella luna. Debo decir que era el infierno del desarraigo en el arraigo. Deberé cargar con estas presiones.

Luego, la adolescente se disparó en el cráneo. Hace rato que los humanos no tenemos sangre en la cabeza. Fluyó alcohol mezclado con harina mientras la enviada Silva se concentraba en transportar a todos los seres a la Tierra. Lo cumplió, mas -como estaba destruida- seguía siendo tan apocalíptica su figura como un infierno.

Sonreí plácidamente; besé el cadáver de mi amada en la boca. Resucitó magistralmente, como obra de la harina y del brebaje que sellaba su rostro y no la dejaba hablar. Caos y desesperación pasiva para mí.
Sí; como lo sospechaste: yo estoy en un infierno, con mi compañera callada, que es lo mismo que si no estuviera; la gente invitada a la boda está horadándose en su planeta (nunca fue mío). La pareja tendrá que volver a autoexiliarse, sólo que ahora no tienen rocines; deberán sacrificar otras bestias supervivientes a la Hecatombe. Quiera Alá que haya espíritus peregrinos carniceros en  Mercurio… y amor del cual  sólo se encuentran restos en tumbas de tierra y tumbas de luna.

Ángel Gabriel Cabrera. Material registrado. Derechos reservados.

Resta ósea, uno de mis cuentos

No sólo de poemas vive el lector. Entonces, luego del debut de mis canciones, he aquí el de las obras narrativas: tanto prosas poéticas como relatos y cuentos son los que van a formar parte de mis nuevas publicaciones literarias para complementarlos, y asimismo, en breve, también van a ser expuestos al público -de manera individual y luego colectiva- distintos cuadros propios a manera de incursión en la caricatura, los cuales, tiempo después y si todo sale como fue planeado, se convertirán en cortos animados en Flash para ser visualizados junto con los clips en mi canal de YouTube.

Aquí va, entonces, uno de los textos.

Resta ósea

Suspiré y me perdí en la última voluta de humo. No soy fumador; ni siquiera sé cómo mirarme al espejo luego de tantas noches de luna pura y blanquísima, sin sobresaltos, sin gritos, sin público… y me da vergüenza ser así; de hecho, aún soy autodestructivo, que no es para menos.

Una tarde (o mañana, puesto que el tiempo no existe) iba caminando por un callejón sin salida, mirando los gatos que planeaban como fuegos artificiales, seguramente arrojados objeto de alguna molestia, o viceversa. Creo que eso sería lo correcto. Sólo mi novia multicolor me lo discutiría.

La cuestión es que tropecé y caí llorando, caí llorando antes de golpearme. Es más: ni un golpe me di. Me quedé en el aire como una vieja telaraña azul. Cuando alcé la cabeza, el tiempo estaba suspendido, mas, como el tiempo no existe, no había con qué probar mi hipótesis; ni siquiera una estrella en medio de una fotografía.

Estaba mirando como un bobo el cielo cuando noté que algo se movía. En un principio, supuse que sería el Titanic cruzando por el cielo negro adonde van todos nuestros juglares (quiérase o no, créase o no, ellos también mueren, y éste es el argumento… mejor dejémoslo en cero y un paréntesis). Esbocé una sonrisa; nada. Esbocé dos sonrisas; menos que nada. Cuando ya me cansé de llamarlo, me cayó un pedazo de hueso en el pensamiento. Y sí; a nadie le gusta que lo despierten mientras vuela, y menos si uno no tiene tiempo, o si el tiempo no existe para uno.

-¡Si no hay tiempo, menos habrá huesos- les grité.

-Calle, que aquí descansan sus niños de anoche- replicó el barquillo.

Sin dar otra respuesta que el silencio, seguí mi ruta hasta el fondo, donde me encontré con el final, no la nada; el final, no la nada. El final de todo es el humo; seamos sinceros. Él domina nuestro planeta, pero no mi cabeza, y la misma se mira al espejo, donde alguna vez descubre los huesitos raídos y me dice “circule”.

Ángel Gabriel Cabrera. Material registrado. Derechos reservados.