viernes, diciembre 04, 2015

Resta ósea, uno de mis primeros cuentos

No sólo de poemas vive el lector. Entonces, luego del debut de mis canciones, he aquí el de las obras narrativas: tanto prosas poéticas como relatos y cuentos son los que van a formar parte de mis nuevas publicaciones literarias para complementarlos, y asimismo, en breve, también van a ser expuestos al público -de manera individual y luego colectiva- distintos cuadros propios a manera de incursión en la caricatura, los cuales, tiempo después y si todo sale como fue planeado, se convertirán en cortos animados en Flash para ser visualizados junto con los clips en mi canal de YouTube.

Aquí va, entonces, uno de los textos.

Resta ósea

Suspiré y me perdí en la última voluta de humo. No soy fumador; ni siquiera sé cómo mirarme al espejo luego de tantas noches de luna pura y blanquísima, sin sobresaltos, sin gritos, sin público… y me da vergüenza ser así; de hecho, aún soy autodestructivo, que no es para menos.

Una tarde (o mañana, puesto que el tiempo no existe) iba caminando por un callejón sin salida, mirando los gatos que planeaban como fuegos artificiales, seguramente arrojados objeto de alguna molestia, o viceversa. Creo que eso sería lo correcto. Sólo mi novia multicolor me lo discutiría.

La cuestión es que tropecé y caí llorando, caí llorando antes de golpearme. Es más: ni un golpe me di. Me quedé en el aire como una vieja telaraña azul. Cuando alcé la cabeza, el tiempo estaba suspendido, mas, como el tiempo no existe, no había con qué probar mi hipótesis; ni siquiera una estrella en medio de una fotografía.

Estaba mirando como un bobo el cielo cuando noté que algo se movía. En un principio, supuse que sería el Titanic cruzando por el cielo negro adonde van todos nuestros juglares (quiérase o no, créase o no, ellos también mueren, y éste es el argumento… mejor dejémoslo en cero y un paréntesis). Esbocé una sonrisa; nada. Esbocé dos sonrisas; menos que nada. Cuando ya me cansé de llamarlo, me cayó un pedazo de hueso en el pensamiento. Y sí; a nadie le gusta que lo despierten mientras vuela, y menos si uno no tiene tiempo, o si el tiempo no existe para uno.

-¡Si no hay tiempo, menos habrá huesos- les grité.

-Calle, que aquí descansan sus niños de anoche- replicó el barquillo.

Sin dar otra respuesta que el silencio, seguí mi ruta hasta el fondo, donde me encontré con el final, no la nada; el final, no la nada. El final de todo es el humo; seamos sinceros. Él domina nuestro planeta, pero no mi cabeza, y la misma se mira al espejo, donde alguna vez descubre los huesitos raídos y me dice “circule”.

Ángel Gabriel Cabrera. Material registrado. Derechos reservados.

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